Cuando Mersault, por las noches, paseaba por las calles y lo enorgullecía
ver las luces y las sombras relucir por igual en el rostro de Marthe, todo le
parecía maravillosamente fácil, incluso su fuerza y su valor. Aquella belleza
que le escanciaba Marthe a diario como la más delicada de las embriagueces le
agradecía él que la exhibiera en público y a su lado. Que hubiera sido una
mujer insignificante lo habría hecho sufrir tanto como verla feliz en los
deseos de los hombres. Se alegraba de entrar esta noche en el cine con ella,
poco antes del comienzo de la sesión, cuando la sala estaba ya casi llena.
Marthe iba delante, entre las miradas de admiración, con ese rostro suyo de
flores y sonrisas y esa hermosura violenta. Él, con el sombrero en la mano, se notaba
sobrenaturalmente a gusto, como con una conciencia interior de su propia
elegancia. Adoptó una expresión abstraída y seria. Fue de una cortesía
exagerada, se apartó para cederle el paso a la acomodadora, le bajó el asiento
de la butaca a Marthe antes de que se sentara. Y lo hacía no tanto por deseo de
aparentar cuanto por aquel agradecimiento que le henchía el corazón y lo
colmaba de amor hacia todos los seres vivientes. Si le dio una propina
exagerada a la acomodadora fue porque no sabía de qué otro modo pagar la
alegría que notaba y porque aquel gesto cotidiano era una forma de adorar a una
divinidad cuya sonrisa deslumbradora le brillaba en la mirada como un aceite. En
el descanso, paseando por el foyer de
paredes cubiertas de espejos, lo que le enviaban esas paredes era el rostro de
su felicidad, poblado el salón de imágenes elegantes y vibrantes, con su
silueta alta y oscura y la sonrisa de Marthe vestida de colores claros. Le
agradaba, desde luego, la cara que se estaba viendo, la boca trémula en torno
al cigarrillo y la fiebre que se le notaba en los ojos un poco hundidos. Pero
es que lo que hace a un hombre guapo es la representación de verdades internas
y prácticas. Se le lee en la cara lo que es capaz de hacer. Y ¿qué vale eso junto
a la espléndida inutilidad de un rostro de mujer? Mersault estaba muy al tanto
de ello; se regocijaba en su vanidad y sonreía a sus demonios interiores.
Al volver a la sala, pensó que cuando iba solo nunca salía en el descanso y
prefería fumar y escuchar los discos de música ligera que ponían en esos
momentos. Pero aquella noche el juego seguía. Todas las ocasiones eran buenas
para dilatarlo y renovarlo. No obstante, cuando se iba a sentar, Marthe le
devolvió el saludo a un hombre que estaba sentado unas filas más atrás. Y a
Mersault, que lo saludó a su vez, le pareció verle una leve sonrisa en la
comisura de los labios. Se sentó sin fijarse en la mano que le ponía Marthe en
el hombro para hablarle y que un minuto antes habría acogido gozoso como una
prueba más de ese poder que ella le reconocía.
-¿Quién es? –dijo, a la espera del «¿quién?» dicho
con la mayor naturalidad que, efectivamente, llegó.
»Ya sabes… ese hombre…
- Ah –dijo Marthe. Y se calló.
-¿Y qué?
-¿De verdad quieres saberlo?
- No –dijo Mersault.
Se volvió un
poco. El hombre le miraba la nuca a Marthe sin que se le moviera ni un rasgo de
la cara. Era bastante guapo, de labios bonitos y muy rojos, pero los ojos eran
inexpresivos y un poco saltones. Mersault notó que le subían oleadas de sangre
a las sienes. Ante la mirada, que se le había vuelto sombría, los brillantes
colores de aquel decorado ideal donde llevaba viviendo unas cuantas horas
estaban sucios de hollín. ¿Para qué necesitaba oírlo? Estaba seguro de que
aquel hombre se había acostado con Marthe. Y lo que le crecía a Mersault por
dentro como un pánico era pensar en lo que ese hombre podía estarse diciendo.
Lo sabía perfectamente porque él había pensado esas mismas cosas: «Por muy
gallito que te pongas…». Al imaginar que aquel hombre, en este preciso momento,
estaba volviendo a ver ademanes concretos de Marthe y su forma de taparse los
ojos con el brazo en el instante del placer, al imaginar que aquel hombre había
intentado también apartar ese brazo para leer la llegada tumultuosa de los
dioses oscuros a los ojos de la mujer, Mersault notaba que todo se le
desplomaba por dentro y, bajo los párpados cerrados, mientras el timbre del
cine anunciaba que se reanudaba la sesión, crecían lágrimas de rabia. Se
olvidaba de Marthe, que no había sido sino el pretexto de su alegría y era
ahora el cuerpo vivo de su ira. Mersault tuvo los ojos cerrados mucho rato,
hasta que volvió a abrirlos para mirar la pantalla. Un auto daba una vuelta de
campana y, entre el hondo silencio de toda la platea, sólo una de las ruedas
seguía girando despacio, llevando consigo en aquel círculo tozudo toda la
vergüenza y la humillación nacidas del corazón avieso de Mersault. Pero a él la
necesidad de certidumbre le hacía olvidarse de la dignidad.
- ¿Ha sido amante tuyo, Marthe?
- Sí –dijo ella-. Pero
quiero ver la película.
Ese día Mersault empezó a apegarse a Marthe. La había conocido pocos meses
antes. Lo habían impresionado su belleza y su elegancia. En una cara algo
ancha, pero de rasgos regulares, tenía unos ojos dorados y unos labios con el
carmín tan bien puesto que parecía una diosa de cara pintada. Una estupidez
natural que le brillaba en los ojos le realzaba aún más la expresión lejana e
impasible. Hasta ahora, siempre que Mersault había entablado con una mujer los
primeros gestos que comprometen, consciente de esa desgracia que hace que el
amor y el deseo se expresen de la misma forma, pensaba en la ruptura antes de
haber estrechado entre los brazos a aquella mujer. Pero Marthe había llegado en
un momento en que Mersault se estaba liberando de todo y de sí mismo. El
prurito de libertad e independencia es sólo concebible en alguien que viva aún
de esperanza. Para Mersault nada contaba entonces. Y la primera vez que Marthe
perdió la rigidez entre sus brazos y vio esos rasgos, que la cercanía
desenfocaba, cómo los labios, quietos hasta entonces como flores pintadas, se
animaban y se tendían hacia él, no vio el porvenir a través de esa mujer, sino
que toda su capacidad de deseo se fijó en ella y se llenó de esa apariencia.
Los labios que ella le brindaba le parecían el mensaje de un mundo sin pasión y
henchido de deseo que a su corazón le habría bastado. Y lo notó como un
milagro. Le latía el corazón con una emoción que estuvo a punto de tomar por
amor. Y cuando sintió en los dientes la carne pletórica y elástica fue en algo
así como en una libertad salvaje donde los hincó rabiosamente tras haberla
estado acariciando mucho rato con sus propios labios. Fue su amante ese mismo
día. Pasado algún tiempo, su concierto en el amor era perfecto Pero, al irla
conociendo mejor, Mersault se fue quedando poco a poco sin la intuición de
aquella peculiaridad extraña que había leído en ella y cuya aparición seguía
buscando aún a veces, inclinado sobre su boca. Por eso Marthe, acostumbrada a
que fuera reservado y frío, no entendió nunca por qué en un tranvía repleto de
gente quiso besarla un día. Ella dejó que lo hiciera, pasmada. Y él la besó
como le gustaba hacerlo, acariciándole primero los labios con los suyos y
mordiéndolos despacio. «Pero, ¿qué te ha dado?»,
le dijo ella a continuación. Él sonrió con esa sonrisa que le gustaba a Marthe,
esa sonrisa breve que es una respuesta, y le dijo: «Me apetece dar la nota»,
para, acto seguido, volver a encerrarse en el silencio. Tampoco entendía el
vocabulario de Patrice. Después de haberse acostado juntos, en ese momento en
que en el cuerpo, liberado y relajado, el corazón dormita y no hay en él sino
la ternura afectuosa que se siente por un perro adorable, Mersault le decía,
sonriente: «Hola, apariencia».
- Albert Camus, “La muerte feliz”
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